martes, 20 de diciembre de 2011

Orígenes ocultos del genocidio del 68 - 3a parte



Cuando los hechos mencionados en la revista Por qué? sucedían, en la Universidad Nacional Autónoma de México operaba ya una célula secreta de la extrema derecha apoyada en su creación con moldes exportados desde la sociedad secreta Tecos de la Universidad Autónoma de Guadalajara a la UNAM: la Organización M.U.R.O. (la Universidad Autónoma de Guadalajara estaba incorporada a la UNAM en aquellos años, y eran frecuentes las visitas de gente de la UAG a las instalaciones de la UNAM tanto para el trámite de asuntos académicos relacionados con la incorporación como para la promoción de otras cosas mucho más sucias e inconfesables), de la cual saldrían prominentes personalidades que con el paso del tiempo se convertirían en personajes clave de la vida sociopolítica de México, tales como el célebre economista ultraconservador de extrema derecha Luis Pazos de la Torre (el mismo que cuando ocurrió el levantamiento armado Zapatista en Chiapas en 1994 en contra del gobierno del neo-liberal y corrupto Carlos Salinas de Gortari apareció en cadena nacional pidiendo el envío del Ejército para aplastar en su totalidad al movimiento armado, o sea matando a todos sin tomar prisioneros):





o la ex Subprocuradora de la PGR María de la Luz Lima Malvido:





y otros por el mismo estilo indoctrinados en la misma U.N.A.M. con la literatura antisemítica neo-Nazi que estaba siendo promovida en todo México desde la ciudad de Guadalajara patrocinando libros tales como El Judío Internacional de Henry Ford, Mi Lucha de Adolfo Hitler, y Derrota Mundial de Salvador Borrego así como los omnipresentes Protocolos de los Sabios de Sión. Todavía en el pasado reciente, Luis Pazos que terminó siendo uno de los infiltradores de ultraderecha del Partido Acción Nacional se sumó a la campaña para pintar al candidato de izquierda Andrés Manuel López Obrador como “un peligro para México”, con su libro:





Durante la terrible represión que culminó en octubre de 1968 con la muerte y la desaparición de centenares de estudiantes a los cuales no se les volvió a ver nunca más, ninguno de los ultraderechistas capitalinos que integraban esta peligrosa célula de ultraderecha incrustada dentro de la UNAM fueron tocados ni investigados por ninguna autoridad, y por el contrario estuvieron siendo encaminados para incrustarse a futuro en puestos de poder como parte de un gran plan (del cual nunca estuvieron plenamente enterados) para el establecimiento de un gobierno paralelo secreto mediante la traición y la infiltración. No lo sabían, pero en los planes elaborados desde la misma cúpula de la ultraderecha nacional, el M.U.R.O. y otras organizaciones como ésta cohesionadas mediante temibles juramentos de lealtad eran tan solo un recurso pasajero, un elemento temporal para ser reemplazado muy pronto por algo que superaría a estas organizaciones con creces: la Organización Nacional del Yunque. La cual estaba en camino de ser hecha realidad con la colaboración fanática de ingenuos o idiotas que nunca se dieron cuenta de lo que los creadores de los capítulos del Yunque siempre les estuvieron ocultando, el hecho de que las directivas desde los estratos más altos del Yunque estaban emanando a fin de cuentas desde la ciudad de Guadalajara.

¿Sabía el Rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, que en la universidad pública de la cual él era Rector ya estaba operando una célula activa encubierta de la extrema derecha mexicana similar en muchos respectos a los Tecos de la UAG? Si lo sabía, nunca se lo reveló a nadie, ni siquiera a sus propios hijos. Pero lo que es mil veces peor, si lo sabía entonces no hizo absolutamente nada al respecto de lo que pudo haber hecho como Rector, como ordenar una investigación y la expulsión de todos los alumnos de la UNAM que formasen parte de dicha organización conspiratoria, o proceder a quitarle a la UAG la incorporación que tenía a la UNAM. Pero no hizo absolutamente nada de esto. Y habiendo muerto en abril de 1970, se llevó consigo todos sus secretos a su sepulcro incluyendo sus posibles asociaciones con la gente extraña de Guadalajara que lo visitaba muy seguido en su oficina en la Torre de Rectoría de la UNAM.

Volvamos ahora a la revista Por qué? en donde en su página 8 empieza el siguiente artículo resultado de una intensa labor de periodismo investigativo (las fotografías se irán intercalando en el orden aproximado en el cual aparecen en la revista):

ESTOS SON LOS HECHOS

Así se inició el conflicto

El martes 23 de julio pasado, en las inmediaciones de La Ciudadela, se registró un pleito callejero e intrascendente entre estudiantes politécnicos de las Vocacionales Cinco y Dos y preparatorianos de la Ochoterena. Resultados: cristales rotos, piedras cruzadas entre los dos bandos y amenazas.

Sin embargo, en vista de que el desorden continuó al día siguiente, las autoridades del Departamento del Distrito Federal ordenaron la intervención de los granaderos, quienes en forma brutal asaltaron las dos Vocacionales y detuvieron y golpearon dentro de las aulas a los estudiantes y a los maestros que protestaron por el allanamiento. Y ardió Troya.

El jueves 25, los dirigentes de la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos -organismo cuya directiva recibe subsidios del Gobierno Federal y se encuentra afiliado al Partido Revolucionario Institucional-, obligados por las enérgicas protestas de los politécnicos por los salvajes atropellos de los granaderos y al través de su líder José Rosalío Cebreros -elementos al servicio incondicional de las autoridades-, solicitaron el permiso para efectuar una manifestación.

El licenciado Rodolfo González Guevara, secretario del Departamento del Distrito Federal y amigo y consejero de Cebreros, advirtió que, en vista de la fecha escogida para llevar al cabo la manifestación de protesta -viernes 26 de julio-, existía la posibilidad de que se infiltrasen elementos “provocadores”, “comunistas”, etc.

El líder de la FNET se comprometió a que los mismos estudiantes impedirían cualquier desmán por parte de personas ajenas. Y con el conocimiento de que la manifestación se efectuaría en señal de protesta contra los granaderos, las autoridades del Departamento del Distrito Federal otorgaron el permiso.

Por otra parte, y también con el visto bueno oficial, la Central Nacional de Estudiantes Democráticos organizó para el mismo día una manifestación para honrar a la Revolución Cubana, manifestación que partió del Salto del Agua y concluyó en el Hemiciclo a Juárez.

Estallan los disturbios

Mientras la CNED llevaba al cabo su programa en forma pacífica y de acuerdo con lo permitido por las autoridades del Departamento del Distrito Federal -dependencia que niega los permisos si advierte el peligro o sospecha de posibles disturbios en el orden público-, la FNET realizaba el suyo desde La Ciudadela hasta el Casco de Santo Tomás.

A la manifestación de la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos asistieron aproximadamente dos mil alumnos del IPN y, al sentirse desairados porque poca gente se enteró de su propósito, decidieron entonces dirigirse al zócalo y protestar frente al Palacio Nacional.

Los de la FNET iniciaron su “ya acostumbrado y casi normal secuestro de camiones”. Pero, al hacerlo, rebasaron “las pretensiones, capacidad y compromisos” del líder José Rosalía Cabreros, quien, asustado, llamó por teléfono al licenciado González Guevara para informarle que “su” manifestación había concluído en forma satisfactoria y que, inclusive, había “rechazado a un grupo de 200 agitadores”. (Esta mentira es consecuencia de su servilismo y





fue con el deliberado propósito de “quedar bien”). Sin embargo, Cebreros le advirtió al secretario del Departamento del Distrito Federal que “algunos” exaltados se dirigían hacia el zócalo para celebrar un mítin.

Previa consulta con el licenciado Alfonso Corona del Rosal, regente de la ciudad de México, González Guevara ordenó el envío del cuerpo de granaderos, quienes se apostaron en las calles laterales de acceso al zócalo, “emboscados” en Palma. (Esta actitud ya demostraba un propósito siniestro).

Al llegar los politécnicos al cruce de Palma con Tacuba fueron agredidos y bajados de los camiones por la fuerza. Algunos estudiantes lograron escapar y fueron al Hemiciclo a Juárez, donde tranquilamente se desarrollaba el mítin de la CNED. Ahí denunciaron que los politécnicos eran golpeados por los granaderos y esto causó indignación entre los presentes. Inclusive, los oradores expresaron la necesidad de acudir en ayuda de los compañeros agredidos.

Entonces, todos se encaminaron al zócalo.

La segunda paliza

En la esquina de Madero y Palma, donde los granaderos permanecieron “emboscados”, nuevamente se armó la pelea. En este caso, al cuerpo regular de la policía ya se le habían sumado los de la preventiva y la secreta y no se conformaron con disolver a los grupos, sino que se dedicaron a perseguir a los estudiantes hasta la Avenida Juárez, donde los coparon con la ayuda de un mayor número de gendarmes y los golpearon de manera salvaje e inmisericorde.

Para defenderse, los estudiantes desprendieron losas del piso y consiguieron piedras de donde les fue posible y con ellas contestaron en forma desesperada y angustiosa a la agresión de todas las policías del Distrito Federal.

Los estudiantes integraron nuevos grupos y convocaron a una segunda manifestación de protesta, mencionándose que participarían más de 150 mil alumnos de la UNAM, IPN, Chapingo y universidades particulares.

Así terminó el día 26.

El sábado 27 la jefatura de la policía del Distrito Federal declaró:

1. La FNET solicitó permiso para llevar a cabo su manifestación.

2. Las autoridades del D. F. advirtieron a los organizadores sobre las posibles provocaciones.

3. El acto terminó en orden, de acuerdo con el ofrecimiento de la FNET, pero los “alborotadores” hicieron su aparición, capturaron autobuses y automóviles y asaltaron y molestaron a personas.

4. El presidente de la FNET, José Rosalío Cebreros, solicitó la intervención de la policía para que actuara contra los escandalosos.

5. Se giraron instrucciones para restaurar el orden, ya que los “saboteadores” se mezclaron con la otra manifestación de la CNED en el Hemiciclo a Juárez y estaban causando serios perjuicios a la ciudad.

6. Durante los acontecimientos fueron destruídos varios aparadores, entre ellos el de la joyería Bamer (en las calles de Juárez), y desapareció mercancía por valor de un millón





de pesos. El comercio recibió protección de la policía.

7. A las 22 horas se recibieron informes de que un sargento de idiomas, tres policías preventivos, un oficial de tránsito (éste grave), un periodista (Lara Barragán, de El Universal) y un fotógrafo de la United Press International habían sido lesionados.



El general Luis Cueto Ramírez, jefe de la policía del Distrito Federal, declaró que se encontraban detenidas, entre otras, las siguientes personas: Arturo Sama Escalante, vicepresidente de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos, uno de los principales oradores en el Hemiciclo a Juárez junto con Martínez Natera y también los organizadores del movimiento que derrocó al Dr. Ignacio Chávez, como rector de la UNAM y de la marcha en apoyo a los estudiantes de Michoacán; Rubén Valdespino García, Félix Godet Andrew, Pedro Castillo Salgado y Salvador Ríos Pérez, a quienes se les considera responsables de los desórdenes. Son interrogados y, de ser preciso, serán consignados por las autoridades competentes.

(Para que el lector norme su criterio y se percate de cómo, o desde el principio, las autoridades faltaron a la verdad, es necesario señalar que no fueron los estudiantes quienes causaron los daños en la joyería Bamer y se robaron mercancía por valor de un millón de pesos, sino, precisamente, todo lo contrario, miembros del cuerpo de granaderos y lumpen contratados por la policía para servir como elementos de protección.

Por otra parte, para que también se sepa que fueron elementos de diversas policías los que ocasionaron los sangrientos sucesos que conmovieron a la capital de la República, se



subraya que un grupo de “estudiantes” detenido por la preventiva, al rendir sus declaraciones ante los agentes investigadores se identificaron como miembros de la policía judicial del Distrito Federal y justificaron su presencia en el lugar de los hechos por instrucciones de sus superiores que les ordenaron no portar ningún tipo de identificación para evitar ser secuestrados por los estudiantes).

Hasta la una de la madrugada del día 27, el saldo era el siguiente:

a) Dos camiones quemados por los estudiantes cerca de la Preparatoria Tres; b) 16 heridos - 6 recogidos por la Cruz Roja y 10 por la Verde; cuatro de los cuales fallecieron después: José Richard Fuentes, Arturo Quiroz, Pedro Colín Morín y Federico de la O. García. Otros estudiantes prefirieron curarse las lesiones en sus casas.

La falsa calma

Durante el día fueron secuestrados más de 30 autobuses urbanos y con ellos fueron bloqueadas las calles adyacentes al zócalo. Se levantaron barricadas, se quemaron varios camiones y la policía inició una verdadera “cacería de brujas”, deteniendo, entre otros, a Gerardo Unzueta, miembro del comité central del Partido Comunista Mexicano y director del periódico La Voz de México, y a Nika, hija del norteamericano Peter Seeger, famoso intérprete de la canción protesta.

José Rosalío Cebreros admite la falsa delación que hizo ante la policía y que ocasionó la agresión.

Líderes de 21 escuelas del Instituto Politécnico Nacional planearon una concentración con más de cien mil participantes y presentaron a la opinión pública el siguiente pliego petitorio:



1. Destitución del jefe y subjefe de la policía del Distrito Federal: generales Luis Cueto Ramírez y Raúl Mendiolea Cerecedo.

2. Libertad para los estudiantes detenidos.

3. Responsabilización para la policía, con castigo, y además indemnización para los afectados durante los choques. (Hay razones para suponer que los camiones fueron incendiados intencionalmente por gente extraña infiltrada dentro del estudiantado, de acuerdo a testimonios de estudiantes que tras estos desmanes vandálicos aseguraron que habían visto entre ellos a tipos a los que nunca antes habían visto y que fueron precisamente quienes incendiaron los camiones.)

A las 43 personas que en un principio fueron detenidas, se sumaron otras 76. Los que se acreditaron como “estudiantes” -léase agentes policiacos- fueron puestos en libertad.




Sólo permanecieron en los separos de la policía los últimos 76, incluídos tres extranjeros: Mika Salter Seeger (estadounidense); Alejandro Pérez o William Rosado (portorriqueño), y Raúl Patricio Poblete Sepúlveda (chileno y reportero de La Voz de México). Los cargos presentados fueron: lesiones, secuestro, robo, pandillerismo, daño en propiedad ajena, daños a la nación y ataques a las vías generales de comunicación, que, sumados, ameritan penas de hasta de 40 años. Además de los delitos anteriores, a los extranjeros se les añadió los de “violación a las leyes de población” y “falsificación de documentos”.

Según información de Excélsior, se echó marcha atrás, pues solo 43 serían consignados ante el juez XVI penal.

Durante la noche del 27 intervino el general Renato Vega Amador, jefe de la policía de Tránsito, quien dialogó con los preparatorianos atrincherados en la Preparatoria Uno y los convenció para que entregaran los 17 vehículos de servicio urbano que se encontraban en su poder así como que permitieran que las grúas del Departamento de Tránsito retiraran los autobuses quemados.

A las tres de la mañana del domingo 28 quedó despojado el Barrio Universitario, cercano al zócalo, aunque a los granaderos aún no les era posible acercarse a la escuela de este lugar, ya que cada vez que lo intentaban eran recibidos con piedras.

A las demandas originales, los estudiantes agregaron la de la desaparición del cuerpo de



granaderos y otorgaron un plazo de 72 horas para obtener la respuesta de las autoridades. También anunciaron una magna concentración en la Plaza de la Constitución para la tarde de ese día.

Por otra parte, los detenidos reconocieron su participación en los incidentes e indicaron su inconformidad con la represión de la policía -y ésto fue interpretado por los diarios capitalinos como una “inconformidad con el sistema vigente de gobierno”- pero negaron ser los instigadores un organizadores.

Por la noche, integrantes de la Preparatoria Uno, Dos, Tres, Cuatro, Cinco y Siete y de las Vocacionales del Politécnico Dos, Cuatro, Cinco y Siete, situadas en La Ciudadela y de la Plaza de las Tres Culturas, iniciaron de nueva cuenta el secuestro de autobuses y, en un momento determinado, lograron reunir más de un centenar de vehículos. Y cada vez que los granaderos intentaban asaltar una escuela, los estudiantes incendiaban un camión urbano.

(Aquí se hace notar que, con el objeto de crear un clima adverso al estudiante, los granaderos, que sabían las consecuencias de cada uno de sus intentos contra los planteles educativos, constantemente provocaban a los estudiantes para que éstos quemasen los autobuses).





Crece el descontento

El lunes 29 se celebraron reuniones estudiantiles -ya se habían reanudado las clases suspendidas- en todas las escuelas de la UNAM, del IPN, de la Normal y de algunas particulares.

Se intensificó el secuestro de autobuses y los permisionarios suspendieron parcialmente el servicio al centro de la ciudad con el consecuente desquiciamiento de los usuarios.

La Ciudadela fue materialmente tomada por los estudiantes de las Vocacionales Dos y Cinco que, inclusive, ocuparon armados de piedras, las azoteas de los edificios vecinos. Entre otras, bloquearon las calles de Bucareli y de Atenas.







Se declaró la huelga general en la Escuela Superior de Comercio y Administración del IPN y el plantel fue ocupado por el alumnado. Las facultades de Derecho, Ciencias Políticas, Filosofía y Letras y la Escuela Nacional de Economía de la UNAM se constituyeron en asamblea permanente, y se decretó la huelga en todas las demás escuelas de la máxima Casa de Estudios.

Con el objeto de obtener un apoyo mayor, los estudiantes hicieron contacto con universidades y escuelas de la provincia.

Se concedió un plazo más amplio a las autoridades para que contestaran las demandas y se agregó una nueva petición: la derogación del artículo 145 sobre la disolución social.

Circuló el rumor de que sólo quedaron detenidas 27 personas, entre ellas 17 empleados del periódico La Voz de México, órgano del PCM que fueron apresados mientras desempeñaban su trabajo.

Durante la madrugada fue allanada la sede del Partido Comunista Mexicano, donde fue decomisada, según informes de la policía, media tonelada de “propaganda subersiva”.

(La policía, una vez más, faltó a la verdad, porque lo único que había en el local del PCM eran los libros habituales sobre marxismo-leninismo y resultados de conferencias celebrados en países socialistas; es decir, lo que las autoridades conocen perfectamente bien, pero que bajo estas circunstancias había que agregar el matiz dramático con el objeto de confundir a la opinión pública y aprovecharse de esa confusión para ocultar los delitos cometidos contra la Constitución de la República).



En el barrio universitario del zócalo los estudiantes exigían identificación a toda persona que pedía participar en la resistencia, con el fin de evitar infiltraciones policiacas.

Se convocó a una reunión en la calle de San Idelfonso para las siete de la noche y desde ese momento autobuses colmados de politécnicos empezaron a circular en esa dirección.

A la hora de la cita, grupos de asalto de granaderos se lanzaron contra las Preparatorias Uno y Tres, convirtiéndose en una auténtica batalla el encuentro contra los estudiantes.

Los granaderos fueron rechazados.

Mientras tanto, en la Ciudad Universitaria se acordó formar brigadas de choque para apoyar a los defensores de las Preparatorias. Sin embargo, no pasaron, nadie supo por qué, de la Avenida Universidad.